Cultura anime y manga

El sexo en el ‘seinen’ que no vimos en América Latina

A mis 41, con más de un año de haber retomado la traducción del japonés al español de Sakura Tsuushin, me resultó inevitable ponerme reflexionar acerca de los motivos por los que decidí no únicamente embarcarme en este velero, sino también en por qué acabé por adjuntar a él dos títulos más: Sentiment no Kisetsu, ópera prima de la mangaka Enomoto Nariko, y Shin Sakura Tsuushin, secuela malograda de nuestro ya conocidísimo Yuujin 1. Contemplando mi irregular entusiasmo, llegué, paulatinamente, a hacerme una pregunta en concreto: “habiendo – comparativamente hablando – tan pocos individuos capaces de traducir títulos directamente del japonés al castellano en el campo del scanlation, ¿por qué invertir tantas horas de tiempo libre, neuronas y capital emocional en trabajos tan malditamente “impopulares”?”.

Porque… es cierto: siendo franco conmigo mismo en todo momento, ni Sakura Tsuushin, ni Sentiment no Kisetsu, ni – por citarles otro ejemplo que sí vio una conclusión a su traducción en occidente… eventualmente al menos – Golden Boy, del maestro Egawa Tatsuya, son “populares” en el más estricto sentido de la palabra, gozando más bien de una especie de cult following que, para colmo, tomó varios años en desarrollarse; y aunque he tenido el privilegio de disfrutar de relativas excepciones a este lamentable patrón, como Nozoki Ana, el cual, pese a “pecar” de explotador del voyerismo, logró ser – o al menos eso espero – apreciado como relato a secas, dicha predilección palidece al comprarla con aquélla lucida por trabajos del mismo género, como “Monster” o “Homunculus”, al no considerarse el erotismo en ellos plot drivers, sino más bien un complemento realista idóneo a la altamente compleja disección psicológica de sus personajes.

Dicho de manera simple: al no ser la lascivia un elemento central en las tramas de éstos y muchos otros mangas producto del genio de artistas como Urushibara Yuki u Otomo Katsuhiro (muy al margen de la larga y exitosa trayectoria de éstos), sus creaciones pueden ser, por decirlo de algún modo, “tomadas en serio”. Y al decir lo que dije en esta última apreciación, no hablaba de Japón, en donde las demografías están más claramente delineadas y, consecuentemente, los puntos de vista hacia las diferentes publicaciones dentro de sus fronteras son más objetivos e imparciales, sino más bien a la esfera compuesta por los países de habla hispana, en donde manga es manga, lo escriba quien los escriba, o vaya dirigido a quien vaya dirigido, prestándose ello a desacertados juicios de valor no sólo a la hora de decidir qué leer, sino también al momento de dar impresiones sobre lo leído.

Pero retomando a Sakura Tsuushin como foco de este fenómeno, a lo largo de más de 170 capítulos ya hemos llegado a atestiguar una trama que, de picaresca y sin complicaciones en el trato hacia sus personajes, pasó, de golpe, a convertirlos en sujetos de una investigación de dimensiones mucho mayores a las vistas previamente: el Japón post burbuja financiera e inmobiliaria de finales de los 80s y principios de los 90s. Puesto de manera simple, Yuujin puso un cebo… y el cebo nos condujo, lo quisiéramos o no, a un Japón que, más que difícil de definir, era difícil de absorber, y esto es especialmente cierto en el caso de aquellos cuyo endiosamiento de la tierra del sol naciente no conoce paralelos.

El humoroso devenir sentimental entre “primos” desató la depresión… no, el pesimismo más bien, permeando las fibras sociales del Japón metropolitano de los noventas: jóvenes desempleados, rechazados por rendimiento académico no óptimo, estancados en monótonos y depresivos empleos de medio tiempo e inexorablemente resignados a la idea de ingresar a universidades de rango “c”, “d” o “e”, o a simplemente no recibir educación superior para mejor ponerse a trabajar de una buena vez y así, a secas, sobrevivir la tempestad sociocultural de una nación no preparada para una recesión que, de hecho, continúa aún hoy en día. ¿No es acaso – ya sea en la realidad o en ficción – esta moralmente descalabrada sociedad el lienzo idóneo para poner al sexo como pieza central de una historia de manera justificada y no fetichista?

Ahora bien, volviendo a la autocrítica inicialmente planteada en este mini ensayo, los más insípidos y “japonófilos” (en el peor sentido del término, es decir: “Japón, la tierra del honor del samurái”; “Japón, donde las mujeres son, en el fondo, tan pervertidas como lo indican las chicas de todo AV existente”; “Japón, donde los deres no son tropes, sino el pan de cada día”, etc.) al ver la conducta de Inaba Touma a lo largo de la historia, podrían decir, por ejemplo, que es “estúpido” y “puto”, siendo sus traspiés e infidelidades, más que reacciones que obedecen a las asperezas de la atmósfera de la que forma parte, excusas para disfrutar de escenas de sexo entre él y los provocativos objetos de su afecto, sin pasar de lo visual, la superficie… a lo intangible, el meollo del asunto.

Por otro lado, ¿con ello estoy diciendo que no hay por parte de Yuujin, Enomoto o Egawa la intención de sacar provecho del carácter gráfico de la fornicación en sus historias para atraer y mantener lectores? Ciertamente no, pero… al pasar de ese punto a encasillar prosaicamente las intenciones de trabajos como Sentiment no Kisetsu, Golden Boy o Hen (para agregar al asunto mi relación amor-odio con Oku Hiroya) mera explotación, tal y como ocurre con títulos surgidos de pinceles como los de Uziga Waita o Sanbun Kyogen, estamos cometiendo un craso error corroyendo la pobreza de visión que tenemos o podríamos tener hacia mangas cuyo carácter ilustrador sería sumamente lamentable pasar por alto.

Touma es, en efecto, tan “estúpido” y “puto” como se cree… más no así arquetípicamente. Touma es el producto del shock cultural suscitado al intentar ingresar un provinciano de Shizuoka en la devoradora urbe del Tokyo de los 90s, donde los “ganadores” ganan DE VERDAD y los “perdedores” pierden DE VERDAD, el sexo es: a) algo que “todos están haciendo”, o b) una divisa con un valor variable en el mercado, y el porvenir es algo tácitamente definido por elementos como el perfil educativo, el patrimonio o la popularidad. Kasuga Urara, por su parte, juega un rol redentor muy similar al que caracteriza a heroínas como las de Matsumoto Reiji – pero sin cabello rubio y largo o naves espaciales a su espalda, claro está -, a veces certero, a veces fuera de lugar; aunque es posible encontrar a “buenas personas” de su tipo entre individuos pertenecientes a su estrato social, su personaje es uno por el que es sumamente difícil sentir empatía al ver la inagotable esencia de su perdón hacia el hecho de habérsele puesto los cuernos tan repetidamente.

No obstante, a nivel narrativo, se complementa perfectamente con el desastre de persona que es el amor de su vida, Touma, y su razón de ser deja de verse sustentada en el aire un poco menos, en especial al pasar a explorar Yuujin sus traumas de infancia y el contrapeso emocional que el campirano de su “primo” acabó por ser en su existencia.

Dicho esto, pues, Sakura Tsuushin, ante espectadores como nosotros, los hispanoparlantes, es tan “fetichista” como le permitimos ser, no porque lo sea realmente, sino porque, ya sea por legítimo desconocimiento o craso desinterés hacia trasfondo social moviéndola, PARECE ser así. Lejos de tomarlas como portales de aprendizaje, en la mayoría de los casos, historias como Sakura Tsuushin, Sentiment no Kisetsu o Golden Boy, cuyo enfoque en las relaciones sexuales es primordial, pasan a ser ante nosotros relatos innecesariamente “complicados”, en los que se presentan dos extremos: o el romance que debería ser puro e inocente, sin ser “ennegrecido” por el coito, o el hentai que sería mejor no intentara aleccionarnos para ir mejor a “lo que debería ir”. En pocas palabras, lo verdaderamente alarmante a mi ver acá es la ausencia de matices en nosotros para con títulos como los antes mencionados, pasando de lo blanco a lo negro, y viceversa, al escoger qué leer.

Expuesto esto, una parte de mí cree que es lícito argumentar, por parte del lector, que yo, como el traductor actual de Sakura Tsuushin, al saber lo que sé de Japón, no sólo en términos de lenguaje, sino también de cultura, sociedad y Letras, luego de haber sacado una maestría en la universidad de Ehime y luego un doctorado en literatura comparativa en la universidad de Fukuoka entre el 2007 y el 2013, soy yo, y que, por lo tanto, los seguidores de esta historia no están obligados a apreciar ninguno de estos mangas desde mi óptica. Sin embargo, ello no me impide hacerles ver que EXISTE, de hecho, otra forma de verlas, de captar el mensaje más allá de sus “kimochii”, “an, an, an” e “icchau”. Estar dispuestos a tomarla en cuenta es, por supuesto, decisión de cada quien; después de todo, aún en el cénit de mi entusiasmo, jamás aspiré a prender la mecha de una revolución ni mucho menos; empero, sí considero mi tarea (e ilusión de paso) el plantar con esto una semilla… una semilla que, tarde o temprano pueda incitar a auténticas inquietud y curiosidad por Japón, humanamente, sin enaltecimientos o prejuicios, y sin tener que sacrificar por ello el aprecio que pudieran sentir hacia el cosplay, las idols, el jdorama, las artes marciales, la tecnología, o lo que sea sientan nutre su afinidad por un país que, muy independientemente de lo que sienta por éste como individuo, siempre estaré dispuesto a admirar y promover por lo fascinante que ha tenido a bien crear y compartir con el resto del mundo.

Por ello, para cerrar esta reflexión, me gustaría proponerles algo: a la próxima, antes de opinar en alguna red social o escribir en la sección de comentarios de algún portal de anime o manga algo como así “el tipo se la fosha :u” para intentar explicar la trama de un trabajo, ¿por qué mejor no pensar en TODO lo que condujo a quienes quiera que sean los protagonistas a “foshar” en primer lugar? De ese modo, me parece, el distinguir a un seinen como tal, entre cuyos plot devices esté justificadamente el sexo, de una mera plataforma para la autosatisfacción, dejará de ser una quimera.

  1. Yuujin también puede escribir como U-Jin, que es como también se le conoce a este mangaka en Occidente.

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